Estoy mirando a través de una ventana abierta enorme que ocupa toda una pared. El cielo parece estar por explotar, rebosante de humedad. El gris resalta el color de los árboles, estoy por tomar la merienda cerca de la escuela.
Hace tres días a esta hora estaba merendando en São Paulo, en el café Oscar, sobre la calle Oscar Freire. Mientras merendaba pensaba que esas comidas y ese té merecían un relato. Pedimos un té de naranja con jengibre y miel. Las tazas eran muy hermosas y el té venía en una botella verde. Apenas me acerque la taza ya el perfume y el color anaranjado me hicieron sonreír, cuando pose los labios en el contorno de la taza y el té se deslizo por mi boca me sentí de viaje, y es gracioso porque ya estaba de viaje, pero me sentí más de viaje todavía. Uf y la comida, como explicar... un plato hondo, tibio con una mezcla de brie y mermelada de durazno y una galletas triangulares y delgadas zambullidas adentro que uno podía sumergir más todavía para finalmente sacar rebosantes de brie derretido y mermelada y hundir en la boca mientras los ojos se entrecerraban.
Me encanta descubrir lugares donde merendar o desayunar. Uno de mis favoritos se llama Casa do Pão, en Río, imperdible e inolvidable. Las porciones en ese lugar tienen el tamaño y la intensidad perfecta y además el orden en que sirven las cosas es inmejorable.
En la ciudad de Washington DC hay otro lugar encantador, de origen francés, llamado Le Pain Quotidien. Igualmente lo que más me llamó la atención de ese lugar fue la mesa de madera firme y de un largo de casi nueve metros que abarcaba todo el salón. Allí según mi diario tome un café con mi mamá en una taza sin manija (o se dirá asa?) después de cenar el marzo pasado.
Tengo una taza enorme de café con leche, esta dibujada con flores, es casi la hora, me voy a dar mi clase. Saludos y hasta la próxima.
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